jueves, 30 de noviembre de 2006

Idolos eran los de antes

La pequeña biografía que van a leer a continuación es sobre la vida de un atleta llamado Delfo Cabrera, que apenas si es reconocido por la prensa y, por ende, por la gente que generalmente no se siente atraída hacia el atletismo. En un intento por no dejar morir esta noble y gloriosa historia, paso a relatar los aspectos más significativos de la genial trayectoria de Cabrera.
Nació el 2 de abril de 1919 en Armstrong, un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe ubicado a 90 kilómetros de Rosario, en una casa muy humilde sobre la calle que hoy lleva su nombre.
La muerte de su padre lo obligó desde muy joven a ser el sostén de la familia, teniendo que trabajar en muchos oficios. Durante mucho tiempo fue obrero en la construcción de la ruta 9 junto a su hermano. Al principio volvían caminando hasta su casa, pero a medida que la construcción se iba alejando del pueblo, empezaron a volver corriendo, lo que los llevó a tener una muy buena condición física.
Cuando Delfo tenía 12 años ocurrió un hecho que le marcaría el rumbo deportivo: Juan Carlos Zabala ganó el Maratón de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y Cabrera se prometió a si mismo y le prometió a su madre convertirse en corredor de larga distancia y repetir el título de Zabalita.
Cuando tenía trece años terminó segundo en la “Vuelta de Armstrong” (competencia de 4500 metros), a sólo 20 metros del ganador. Según confesó después, Cabrera pensaba que no sabía correr y le daba vergüenza pasar al que iba primero.
Su entrenamiento consistía en correr desde su casa hasta el cementerio, mientras que una vecina le tomaba el tiempo. También corría detrás de los sulkys, por los caminos de tierra que unían los campos cercanos a su pueblo.
El 7 de agosto de 1948 y con el número 233 en la espalda, Delfo Cabrera ganó la maratón de los Juegos Olímpicos de Londres y logró lo que alguna vez le había prometido a su madre, “ganar la medalla dorada”.
En total Delfo Cabrera corrió 210 carreras, de las cuales ganó 106, y en sólo 19 no entró en el podio.
La irresponsabilidad de un conductor le quitó la vida en la mañana del 2 de agosto de 1981 en un pueblo llamado Alberdi.
Su recuerdo y su espíritu siguen vigentes como entonces en el corazón de un pueblo que lo recuerda como a uno de los hombres que dieron brillo y prestigio al deporte nacional.

viernes, 24 de noviembre de 2006

Fútbol, dignidad y violencia

El fútbol ya aburre y este es un blog deportivo, así que prometo que después de esta nota voy a hablar de otros temas, porque el país no se para por una pelota (bah, en realidad si, pero esa discusión es para otro día).

La historia de la quita de puntos no es muy amplia en Argentina. Se pueden contar con los dedos de la mano las veces que se ha sancionado en serio a los clubes por hechos violentos. En la mayoría de los casos la AFA aplicó la pena mínima, es decir, tres puntos de descuento. Nunca se desafilió a un club ni se lo bajó de categoría.
Tres puntos. Valen oro para jugadores, técnicos y dirigentes. Esta gente suele mostrar lo peor de si cuando las benditas unidades están en juego. Ejemplos sobran. El último: cuando Racing y San Lorenzo no pudieron salir de sus respectivas concentraciones para jugar el partido de la 15ª fecha del Apertura, ambos sitiados por gente que protestaba contra la resolución de jugar a puertas cerradas (es decir, sin hinchas), el gremio de futbolistas llamó al paro de la fecha en solidaridad con los colegas perjudicados. El presidente de la AFA, Julio Grondona, ni lerdo ni perezoso, salió a declarar que el club que no se presentara a jugar perdería los puntos. Resultado: todos jugaron.
¿Valen más tres puntos que solidarizarse con personas que atraviesan una difícil situación que más temprano que tarde todos los futbolistas viven? Otra postal conocida de nuestras canchas es cuando cae una bomba de estruendo cerca del arquero visitante. El susodicho afectado se tira al suelo, el árbitro quiere parar el partido y los jugadores locales protestan aduciendo que el arquero finge, que la bomba no lo ha dañado. ¿Cuál es la diferencia? El sólo hecho de que caiga un alfiler en la cancha, lastime o no a alguien, es motivo de suspensión del encuentro. Pero claro, para algunos, es más importante tres puntos que la salud de otras personas.
Pero volviendo a la quita de puntos. El 5 de mayo de 2000 el club Excursionistas de la Primera C recibió la sanción más dura en la historia del fútbol argentino: la AFA le descontó 21 puntos luego de que un grupo de gente golpearan al jugador Adrián Barrionuevo, de Comunicaciones. En noviembre de 2004, Alianza de Cutral-Có y Germinal de Rawson, ambos del Torneo Argentino B, recibieron la quita de nueve puntos por sendos incidentes en sus respectivos estadios. El descuento provocó el descenso de categoría de los dos clubes.
¿Fue ese el fin de la violencia? No, en Excursionistas, Germinal y Alianza, tras un breve período de “calma”, los violentos volvieron a aparecer y todos se olvidaron de las consecuencias derivadas de esos hechos en tiempos anteriores. A ver si se entiende, con la quita de puntos castigan a los jugadores, no a los hinchas violentos. La solución no es mágica ni utópica, es aplicar leyes más duras y fuertes, romper las cadenas que unen a dirigentes, políticos y barra bravas.
La violencia puede terminarse y debe ser castigada. La dignidad perdida no es un delito, pero tampoco se va a recuperar.

martes, 21 de noviembre de 2006

La culpa es del juez

Existe una mala costumbre en los hombres del fútbol (léase jugadores, cuerpo técnico y dirigentes) de atribuir los malos resultados obtenidos a fallos arbitrales que, a la forma de ver de estos personajes, rara vez obedecen a una conducta humana tan sana y natural como el error, sino que forman parte casi siempre de un complot para perjudicarlos.
Los protagonistas prefieren decir que no ganaron porque el árbitro no les cobró un penal antes que reconocer su propia incapacidad para generar jugadas que les permitieran llegar al gol. Ni hablar de los entrenadores que asumen en un equipo y después de algunos malos resultados no se les ocurre mejor idea que culpar al anterior cuerpo técnico por el mal trabajo realizado. Claro, es más fácil echarle la culpa a otro que asumir los errores propios y trabajar en pos de corregirlos.
Esta costumbre no es nueva, y está presente en todos los ámbitos de la vida, no sólo en lo deportivo. Nadie asume responsabilidades, sobre todo si hay alguien que puede asumir toda la culpa. La suya y la nuestra. Ya lo decía un conocido humorista: “Errar es humano... Echarle la culpa a los demás es divino...” Y eso es lo que hacen día a día jugadores y técnicos, que encuentran en los árbitros un chivo expiatorio que lave sus propias culpas y responsabilidades y los deje bien parados frente a los hinchas.
La conciencia se pierde bajo este planteamiento. No poder reaccionar a las adversidades, esperando que nos protejan, que nos salven... es una actitud simplemente estúpida.
Es tiempo de desalojar el facilismo de nuestras cabezas y re descubrirnos como seres capaces de solucionar nuestros problemas. Hay que aprender que cambiar el destino depende de la voluntad de cada uno, y fortalecerla es el primer paso para acabar con esta conducta tan dañina como insolente.

sábado, 18 de noviembre de 2006

La violencia de todos

Uno de los últimos hechos de violencia que padeció nuestra sociedad futbolera fue la agresión por medio de un encendedor arrojado por un plateísta de Colon hacia un juez de línea. La atención se concentró en como “una sola persona arruinó la fiesta” (el partido se suspendió) y en la puntería del agresor, ya que si el encendedor pasaba a cinco centímetros de la cabeza del árbitro nadie decía nada, el partido seguía y en la platea habría indeferencia total para con el perpetrador del hecho. Pero claro, como el encendedor dio en el blanco, los que estaban en la platea se disfrazaron de vengadores justicieros y le dieron una golpiza. Son los mismos que minutos antes cantaban “…con la droga y el alcohol siempre haciendo descontrol…”.
Hay que aceptarlo: todos estamos de acuerdo con la violencia. En menor o mayor grado, todos la admitimos. Los hay quienes la soportan hasta que suspende el partido, otros hasta que haya sangre y algunos más hasta que la policía empiece a tirar. ¿Qué le molestó más a la gente en La Plata? ¿Qué Muñoz amenazara al árbitro o que se suspendiera el partido? Sin hipocresías, la respuesta es más que obvia.
Porque para que lo sepan los que se llenan la boca hablando de “esto no da para más” o “fue una vergüenza para el fútbol”, violencia también es escupir e insultar al rival, violencia es entonar cantos de guerra con amenazas contra otras hinchadas y violencia también es jactarse de “tener aguante”. Porque para que lo sepan esos, “tener aguante” es sinónimo de provocar el maltrato policial y soportarlo.
La fiesta y la pasión de las canchas de la que estamos orgullosos se acabarían sin estos desvaríos. Si no quieren violencia, habrá que aguantarse estadios sin alambrados para los “trapos”, ni paravalanchas para colgar los tirantes, ni insultos en las tribunas y todos sentaditos. Bien “a la europea”.
Nadie quiere eso, así que aceptemos las consecuencias o, por lo menos, aceptemos de una vez por todas que la violencia no se acaba porque nadie quiere que se acabe. Porque forma parte de nuestro llamado “folklore del fútbol”.