miércoles, 13 de diciembre de 2006

El Rocky argentino

En Rocky IV, un ensangrentado y magullado Silvester Stallone, en la piel del semental italiano Rocky Balboa, derrota por KO al temible ruso Iván Drago. La escena, bien pudo haber tenido como inspiración alguna de las heroicas batallas que distintos pugilistas argentinos han librado a lo largo de su historia. Muchas hay para destacar, pero una en particular…
El 2 de noviembre de 1948 nació en Vedia, Provincia de Buenos Aires, Víctor Emilio Galíndez. En un gimnasio de Tigre aprendió el arte del boxeo de mano de Oscar Casanovas, aunque nunca llegó a entender del todo lo que su maestro le repetía constantemente: que el boxeo era más que ir hacia adelante para pegar y recibir. Esa atracción por el peligro siempre lo llevó a entregarse hasta el final. O mejor dicho: a NO entregarse.
En 1974 tuvo su oportunidad mundialista: iba a pelear contra Len Hutchins por el título de los medio pesados en el Luna Park. Días antes del combate, Galíndez tuvo un duro accidente de tránsito en Morón. Salió con cortes en el rostro y un tobillo a la miseria. Cuando se enteró Tito Lectoure, quiso suspender la pelea, pero, todo vendado, Galíndez fue hasta el despacho de Tito y no se marchó hasta conseguir la promesa de que el combate se iba a realizar si o si.
El 7 de diciembre, todo maltrecho y lleno de dolores, subió al ring y le dio una paliza a Hutchins. Le ganó por abandono en el 13º asalto y pasó a la historia como el primer campeón del mundo consagrado en el Luna Park.
El 22 de mayo de 1976 Galíndez viajó hasta Sudáfrica para defender la corona contra el estadounidense Richie Kates. Ese mismo día en Reno, Estados Unidos, asesinaron a su amigo Ringo Bonavena.
En la pelea, Kates le propinó al argentino un profundo corte en una de sus cejas. La sangre surgía a borbotones. El rincón de Galíndez quería que abandonara, pero tozudo como era, se empeñó en seguir, limpiándose el ojo ensangrentado con la camisa del réferi para poder ver. En el último round Galíndez puso KO a Kates y concretó la hazaña. Tanta fue la conmoción que generó, que Kates reconoció que nunca soportó ver la pelea por televisión, y el árbitro del combate todavía guarda como un tesoro la camisa que utilizó esa noche, totalmente ensangrentada por la herida del argentino.
Los desarreglos en su vida privada hicieron mella en su carrera. No alcanzaba sólo con su talento y su coraje. Y fue así que Mike Rossman le quitó la corona en Nueva Orleans en 1978. Y Lectoure lo sacó del estadio, en Las Vegas, minutos antes de la revancha, con la excusa de un desacuerdo con los jurados cuando había quedado maltrecho por la rebaja compulsiva de peso. Pero dos meses después, Galíndez apabulló a Rossman en Nueva Orleans y fue el primer medio pesado en recuperar un cetro. Fue su última gran hazaña.
Ya retirado del boxeo, quiso probar con el automovilismo. Compitió en Turismo Carretera y falleció el 22 de octubre de 1980 al ser atropellado por un vehículo sin control cuando regresaba a boxes. De esa manera, se fue derrotado por la misma violencia que lo llevó a la cima.
Una anécdota que retrata su forma de ser: cuando llegó a la Argentina en 1976, después de victoria ante Kates, se paseó en una autobomba por toda la avenida Corrientes y con miles de personas saludándolo a su paso. Fue la primera manifestación popular que debió tolerar la dictadura militar en pleno centro de Buenos Aires, dos meses después del tenebroso golpe del 24 de marzo. Para eso, en esos tiempos, había que ser muy guapo. Y Galíndez lo era, más que todos juntos.

martes, 5 de diciembre de 2006

El fútbol que el país no conoce

Existe una creencia popular, un tanto unitaria y centralizada, de que el fútbol es patrimonio del centro-norte de nuestro país. Sorprende por caso cuando algún equipo que excede una frontera imaginaria trazada por Mar del Plata irrumpe en la Primera División. Sucedió en los últimos años con Olimpo de Bahía Blanca, que aunque no logró consolidarse en la elite del deporte nacional, dejó bien en claro que en fútbol, como en la vida, el sur también existe.
Y no es una existencia efímera que data de los últimos tiempos y que, como toda moda, desparecerá cuando los vientos de la economía y el poder soplen un poco más fuerte. A la sombra de un gigante y todopoderoso gremio de clubes “del norte” (entiendase, Gran Buenos Aires, provincia de Santa Fe y de Córdoba), el fútbol del sur ha ido creciendo y consolidándose a pasos agigantados. Los resultados están a la vista; el ya mencionado paso de Olimpo por la primera división, la presencia sólida desde hace unos años de la Comisión de Actividades Infantiles de Comodoro Rivadavia en la Primera B Nacional (ostentando el orgullo además, de ser el club más austral del país en competencias federales), incursiones en la segunda categoría como las de Villa Mitre de Bahía Blanca y Cipolletti de Río Negro, y el nacimiento del Torneo Argentino, en su versión A, B y C, verdadero recinto de grandes clubes del interior, entre los cuales, por supuesto, figuran y dan batalla los sureños.
Pero como dijimos, la historia viene de antes, mucho antes. En 1967, Valentín Suárez, interventor de la AFA, ideó la creación de los campeonatos Metropolitanos, donde los clubes de Buenos Aires (más Newell’s Old Boys y Rosario Central y Colón y Unión de Santa Fe) se dividían en dos zonas de 11 equipos y los 6 primeros clasificaban al torneo Nacional junto a los campeones del interior del país. Fue la primera vez que la AFA se acordó de que el fútbol existía más allá de Buenos Aires y Rosario.
La idea estaba bastante improvisada, ya que pronto quedó demostrado que la mayoría de los equipos del interior, sobre todo los del sur, contaban con jugadores de limitados recursos y los estadios no estaban en condiciones de recibir a equipos de primer orden. Pese a las fallas, esta nueva competencia sirvió para que el sur se sienta incluido en el orden futbolístico nacional y comenzara a desarrollar un cambio que le permitiera a medio o largo plazo competir de igual a igual con los gigantes del norte.
Luego de unos primeros años de resultados mediocres, Huracán de Comodoro Rivadavia alcanzó el quinto puesto en su zona en 1976, que aunque no le alcanzaba para pasar a la siguiente fase (clasificaban dos), dio muestras de mejorías en el fútbol austral y hasta se dio el lujo de derrotar a clubes de gran tradición como Colón de Santa Fe y Newell’s de Rosario.
En 1985 se acabaron los campeonatos nacionales, y en 1986 se creó el Nacional B, invitando al club Cipolletti en representación de la Patagonia. Los rionegrinos realizaron buenas campañas en la B, como aquella de 1987/88, cuando llegaron hasta cuartos de final del reducido y San Martín de Tucumán les quitó el sueño de jugar en primera.
Luego del descenso de Cipolleti en 1991, el fútbol del sur desapareció de la vista de los grandes por un tiempo. Pero siguió vivo y tomando nuevas fuerzas en el Torneo del Interior, un mega certamen federal donde entraban en competencia más de 50 equipos de todo el país en busca de un lugar en la máxima categoría de ascenso.
En pos de hacer las cosas más parejas y crear un certamen que otorgará más chances de subir de categoría, en 1995 nacen los Torneos Argentinos, A y B. Como premio a tantos sacrificios, el sur tuvo su propia zona en el Argentino A, conformada por ocho equipos, donde los más “norteños” eran los bahienses de Olimpo y Villa Mitre. Finalmente, Cipolleti fue el estandarte sureño en la final del torneo, relegando apenas a Germinal de Rawson en un final apasionante, y cayendo luego en la final con Juventud Antoniana de Salta. Como premio consuelo, los rionegrinos y Olimpo de Bahía Blanca fueron invitados a formar parte del nuevo Nacional B que se estaba gestando.
Cipolleti descendió en el 2001, un año antes de que la Comisión de Actividades Infantiles de Comodoro Rivadavia se convirtiera en el primer equipo chubutense en disputar el Nacional B. Y por esas fechas también Olimpo dio el gran golpe en el torneo Apertura y llegó a primera, confirmándose como el primer equipo del sur en llegar a lo más alto luego de la reestructuración. La hazaña de los bahienses terminó en el 2006, tras cuatro temporadas de grandes luchas y esfuerzos por conseguir la permanencia en la categoría, y deberá volver a la B, donde se verá de nuevo las caras con su eterno rival, Villa Mitre. Pero los sueños del sur siguen vivos y toman nuevas formas en cada uno de los equipos que arrancan una ilusión al participar en los certámenes federales. Olimpo, Cipolletti, la CAI y Villa Mitre marcaron el camino. Pero hay muchos equipos allá abajo en el mapa dispuestos a seguirlos.

jueves, 30 de noviembre de 2006

Idolos eran los de antes

La pequeña biografía que van a leer a continuación es sobre la vida de un atleta llamado Delfo Cabrera, que apenas si es reconocido por la prensa y, por ende, por la gente que generalmente no se siente atraída hacia el atletismo. En un intento por no dejar morir esta noble y gloriosa historia, paso a relatar los aspectos más significativos de la genial trayectoria de Cabrera.
Nació el 2 de abril de 1919 en Armstrong, un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe ubicado a 90 kilómetros de Rosario, en una casa muy humilde sobre la calle que hoy lleva su nombre.
La muerte de su padre lo obligó desde muy joven a ser el sostén de la familia, teniendo que trabajar en muchos oficios. Durante mucho tiempo fue obrero en la construcción de la ruta 9 junto a su hermano. Al principio volvían caminando hasta su casa, pero a medida que la construcción se iba alejando del pueblo, empezaron a volver corriendo, lo que los llevó a tener una muy buena condición física.
Cuando Delfo tenía 12 años ocurrió un hecho que le marcaría el rumbo deportivo: Juan Carlos Zabala ganó el Maratón de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y Cabrera se prometió a si mismo y le prometió a su madre convertirse en corredor de larga distancia y repetir el título de Zabalita.
Cuando tenía trece años terminó segundo en la “Vuelta de Armstrong” (competencia de 4500 metros), a sólo 20 metros del ganador. Según confesó después, Cabrera pensaba que no sabía correr y le daba vergüenza pasar al que iba primero.
Su entrenamiento consistía en correr desde su casa hasta el cementerio, mientras que una vecina le tomaba el tiempo. También corría detrás de los sulkys, por los caminos de tierra que unían los campos cercanos a su pueblo.
El 7 de agosto de 1948 y con el número 233 en la espalda, Delfo Cabrera ganó la maratón de los Juegos Olímpicos de Londres y logró lo que alguna vez le había prometido a su madre, “ganar la medalla dorada”.
En total Delfo Cabrera corrió 210 carreras, de las cuales ganó 106, y en sólo 19 no entró en el podio.
La irresponsabilidad de un conductor le quitó la vida en la mañana del 2 de agosto de 1981 en un pueblo llamado Alberdi.
Su recuerdo y su espíritu siguen vigentes como entonces en el corazón de un pueblo que lo recuerda como a uno de los hombres que dieron brillo y prestigio al deporte nacional.

viernes, 24 de noviembre de 2006

Fútbol, dignidad y violencia

El fútbol ya aburre y este es un blog deportivo, así que prometo que después de esta nota voy a hablar de otros temas, porque el país no se para por una pelota (bah, en realidad si, pero esa discusión es para otro día).

La historia de la quita de puntos no es muy amplia en Argentina. Se pueden contar con los dedos de la mano las veces que se ha sancionado en serio a los clubes por hechos violentos. En la mayoría de los casos la AFA aplicó la pena mínima, es decir, tres puntos de descuento. Nunca se desafilió a un club ni se lo bajó de categoría.
Tres puntos. Valen oro para jugadores, técnicos y dirigentes. Esta gente suele mostrar lo peor de si cuando las benditas unidades están en juego. Ejemplos sobran. El último: cuando Racing y San Lorenzo no pudieron salir de sus respectivas concentraciones para jugar el partido de la 15ª fecha del Apertura, ambos sitiados por gente que protestaba contra la resolución de jugar a puertas cerradas (es decir, sin hinchas), el gremio de futbolistas llamó al paro de la fecha en solidaridad con los colegas perjudicados. El presidente de la AFA, Julio Grondona, ni lerdo ni perezoso, salió a declarar que el club que no se presentara a jugar perdería los puntos. Resultado: todos jugaron.
¿Valen más tres puntos que solidarizarse con personas que atraviesan una difícil situación que más temprano que tarde todos los futbolistas viven? Otra postal conocida de nuestras canchas es cuando cae una bomba de estruendo cerca del arquero visitante. El susodicho afectado se tira al suelo, el árbitro quiere parar el partido y los jugadores locales protestan aduciendo que el arquero finge, que la bomba no lo ha dañado. ¿Cuál es la diferencia? El sólo hecho de que caiga un alfiler en la cancha, lastime o no a alguien, es motivo de suspensión del encuentro. Pero claro, para algunos, es más importante tres puntos que la salud de otras personas.
Pero volviendo a la quita de puntos. El 5 de mayo de 2000 el club Excursionistas de la Primera C recibió la sanción más dura en la historia del fútbol argentino: la AFA le descontó 21 puntos luego de que un grupo de gente golpearan al jugador Adrián Barrionuevo, de Comunicaciones. En noviembre de 2004, Alianza de Cutral-Có y Germinal de Rawson, ambos del Torneo Argentino B, recibieron la quita de nueve puntos por sendos incidentes en sus respectivos estadios. El descuento provocó el descenso de categoría de los dos clubes.
¿Fue ese el fin de la violencia? No, en Excursionistas, Germinal y Alianza, tras un breve período de “calma”, los violentos volvieron a aparecer y todos se olvidaron de las consecuencias derivadas de esos hechos en tiempos anteriores. A ver si se entiende, con la quita de puntos castigan a los jugadores, no a los hinchas violentos. La solución no es mágica ni utópica, es aplicar leyes más duras y fuertes, romper las cadenas que unen a dirigentes, políticos y barra bravas.
La violencia puede terminarse y debe ser castigada. La dignidad perdida no es un delito, pero tampoco se va a recuperar.

martes, 21 de noviembre de 2006

La culpa es del juez

Existe una mala costumbre en los hombres del fútbol (léase jugadores, cuerpo técnico y dirigentes) de atribuir los malos resultados obtenidos a fallos arbitrales que, a la forma de ver de estos personajes, rara vez obedecen a una conducta humana tan sana y natural como el error, sino que forman parte casi siempre de un complot para perjudicarlos.
Los protagonistas prefieren decir que no ganaron porque el árbitro no les cobró un penal antes que reconocer su propia incapacidad para generar jugadas que les permitieran llegar al gol. Ni hablar de los entrenadores que asumen en un equipo y después de algunos malos resultados no se les ocurre mejor idea que culpar al anterior cuerpo técnico por el mal trabajo realizado. Claro, es más fácil echarle la culpa a otro que asumir los errores propios y trabajar en pos de corregirlos.
Esta costumbre no es nueva, y está presente en todos los ámbitos de la vida, no sólo en lo deportivo. Nadie asume responsabilidades, sobre todo si hay alguien que puede asumir toda la culpa. La suya y la nuestra. Ya lo decía un conocido humorista: “Errar es humano... Echarle la culpa a los demás es divino...” Y eso es lo que hacen día a día jugadores y técnicos, que encuentran en los árbitros un chivo expiatorio que lave sus propias culpas y responsabilidades y los deje bien parados frente a los hinchas.
La conciencia se pierde bajo este planteamiento. No poder reaccionar a las adversidades, esperando que nos protejan, que nos salven... es una actitud simplemente estúpida.
Es tiempo de desalojar el facilismo de nuestras cabezas y re descubrirnos como seres capaces de solucionar nuestros problemas. Hay que aprender que cambiar el destino depende de la voluntad de cada uno, y fortalecerla es el primer paso para acabar con esta conducta tan dañina como insolente.

sábado, 18 de noviembre de 2006

La violencia de todos

Uno de los últimos hechos de violencia que padeció nuestra sociedad futbolera fue la agresión por medio de un encendedor arrojado por un plateísta de Colon hacia un juez de línea. La atención se concentró en como “una sola persona arruinó la fiesta” (el partido se suspendió) y en la puntería del agresor, ya que si el encendedor pasaba a cinco centímetros de la cabeza del árbitro nadie decía nada, el partido seguía y en la platea habría indeferencia total para con el perpetrador del hecho. Pero claro, como el encendedor dio en el blanco, los que estaban en la platea se disfrazaron de vengadores justicieros y le dieron una golpiza. Son los mismos que minutos antes cantaban “…con la droga y el alcohol siempre haciendo descontrol…”.
Hay que aceptarlo: todos estamos de acuerdo con la violencia. En menor o mayor grado, todos la admitimos. Los hay quienes la soportan hasta que suspende el partido, otros hasta que haya sangre y algunos más hasta que la policía empiece a tirar. ¿Qué le molestó más a la gente en La Plata? ¿Qué Muñoz amenazara al árbitro o que se suspendiera el partido? Sin hipocresías, la respuesta es más que obvia.
Porque para que lo sepan los que se llenan la boca hablando de “esto no da para más” o “fue una vergüenza para el fútbol”, violencia también es escupir e insultar al rival, violencia es entonar cantos de guerra con amenazas contra otras hinchadas y violencia también es jactarse de “tener aguante”. Porque para que lo sepan esos, “tener aguante” es sinónimo de provocar el maltrato policial y soportarlo.
La fiesta y la pasión de las canchas de la que estamos orgullosos se acabarían sin estos desvaríos. Si no quieren violencia, habrá que aguantarse estadios sin alambrados para los “trapos”, ni paravalanchas para colgar los tirantes, ni insultos en las tribunas y todos sentaditos. Bien “a la europea”.
Nadie quiere eso, así que aceptemos las consecuencias o, por lo menos, aceptemos de una vez por todas que la violencia no se acaba porque nadie quiere que se acabe. Porque forma parte de nuestro llamado “folklore del fútbol”.