El Rocky argentino
En Rocky IV, un ensangrentado y magullado Silvester Stallone, en la piel del semental italiano Rocky Balboa, derrota por KO al temible ruso Iván Drago. La escena, bien pudo haber tenido como inspiración alguna de las heroicas batallas que distintos pugilistas argentinos han librado a lo largo de su historia. Muchas hay para destacar, pero una en particular…El 2 de noviembre de 1948 nació en Vedia, Provincia de Buenos Aires, Víctor Emilio Galíndez. En un gimnasio de Tigre aprendió el arte del boxeo de mano de Oscar Casanovas, aunque nunca llegó a entender del todo lo que su maestro le repetía constantemente: que el boxeo era más que ir hacia adelante para pegar y recibir. Esa atracción por el peligro siempre lo llevó a entregarse hasta el final. O mejor dicho: a NO entregarse.
En 1974 tuvo su oportunidad mundialista: iba a pelear contra Len Hutchins por el título de los medio pesados en el Luna Park. Días antes del combate, Galíndez tuvo un duro accidente de tránsito en Morón. Salió con cortes en el rostro y un tobillo a la miseria. Cuando se enteró Tito Lectoure, quiso suspender la pelea, pero, todo vendado, Galíndez fue hasta el despacho de Tito y no se marchó hasta conseguir la promesa de que el combate se iba a realizar si o si.
El 7 de diciembre, todo maltrecho y lleno de dolores, subió al ring y le dio una paliza a Hutchins. Le ganó por abandono en el 13º asalto y pasó a la historia como el primer campeón del mundo consagrado en el Luna Park.
El 22 de mayo de 1976 Galíndez viajó hasta Sudáfrica para defender la corona contra el estadounidense Richie Kates. Ese mismo día en Reno, Estados Unidos, asesinaron a su amigo Ringo Bonavena.
En la pelea, Kates le propinó al argentino un profundo corte en una de sus cejas. La sangre surgía a borbotones. El rincón de Galíndez quería que abandonara, pero tozudo como era, se empeñó en seguir, limpiándose el ojo ensangrentado con la camisa del réferi para poder ver. En el último round Galíndez puso KO a Kates y concretó la hazaña. Tanta fue la conmoción que generó, que Kates reconoció que nunca soportó ver la pelea por televisión, y el árbitro del combate todavía guarda como un tesoro la camisa que utilizó esa noche, totalmente ensangrentada por la herida del argentino.
Los desarreglos en su vida privada hicieron mella en su carrera. No alcanzaba sólo con su talento y su coraje. Y fue así que Mike Rossman le quitó la corona en Nueva Orleans en 1978. Y Lectoure lo sacó del estadio, en Las Vegas, minutos antes de la revancha, con la excusa de un desacuerdo con los jurados cuando había quedado maltrecho por la rebaja compulsiva de peso. Pero dos meses después, Galíndez apabulló a Rossman en Nueva Orleans y fue el primer medio pesado en recuperar un cetro. Fue su última gran hazaña.
Ya retirado del boxeo, quiso probar con el automovilismo. Compitió en Turismo Carretera y falleció el 22 de octubre de 1980 al ser atropellado por un vehículo sin control cuando regresaba a boxes. De esa manera, se fue derrotado por la misma violencia que lo llevó a la cima.
Una anécdota que retrata su forma de ser: cuando llegó a la Argentina en 1976, después de victoria ante Kates, se paseó en una autobomba por toda la avenida Corrientes y con miles de personas saludándolo a su paso. Fue la primera manifestación popular que debió tolerar la dictadura militar en pleno centro de Buenos Aires, dos meses después del tenebroso golpe del 24 de marzo. Para eso, en esos tiempos, había que ser muy guapo. Y Galíndez lo era, más que todos juntos.



